Bajo el nombre Rioja conviven hoy paisajes, pueblos y formas de entender el viñedo mucho más diversas de lo que sugieren sus divisiones tradicionales (Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental). Parcelas concretas, orientaciones, tipos de suelo, recuperación de viñas viejas o garnachas cultivadas en zonas frías forman hoy parte de conversaciones que hace unos años apenas aparecían en el paisaje habitual de la denominación.
La crianza sigue siendo esencial, pero cada vez convive más con otra forma de interpretar el vino desde el
origen, el paisaje y el viñedo. Rioja no parece estar rompiendo con su historia, sino ampliando la manera de explicarse. Durante décadas, buena parte de su prestigio se construyó alrededor de un modelo reconocible y extraordinariamente sólido:
ensamblaje, crianza, regularidad y grandes marcas capaces de convertir la denominación en una de las grandes referencias del vino mundial.
Ese modelo sigue ahí y continúa siendo fundamental para entender Rioja. Pero al mismo tiempo han ido apareciendo elaboradores y proyectos que leen el territorio desde otra sensibilidad,
donde el pueblo, la parcela o el paisaje empiezan a tener un peso cada vez mayor en la identidad de muchos vinos.
La sensación aparece tanto en proyectos pequeños como en bodegas históricas. En
Gómez Cruzado, por ejemplo, convive una mirada profundamente riojana con una lectura mucho más contemporánea de las zonas y las variedades. En
Pancrudo, una garnacha de viñedos viejos cultivados en vaso en el Alto Najerilla, a unos 650 metros de altitud, la fruta, la frescura y el viñedo pesan tanto como la propia crianza. El vino tiene una expresión fragante, fresca y precisa, muy alejada de aquella idea de potencia que durante años muchos consumidores identificaban automáticamente con Rioja. Parte de la crianza se realiza en barrica y foudre francés, pero el hormigón también entra en juego, aportando textura y tensión sin restar protagonismo a la fruta.
En paralelo, colectivos como VIR (Viticultores Independientes de Rioja) han reforzado también esa voluntad de dar más protagonismo al origen concreto del vino y a la figura del viticultor dentro de una Rioja cada vez más plural y menos homogénea. El colectivo no determina reglas de estilo, pero sí comparte una defensa muy clara de la autenticidad, del trabajo de viñedo y de la diversidad de interpretaciones posibles dentro de Rioja.
En muchos de estos vinos aparece una búsqueda común de mayor tensión, menos densidad y una relación más integrada con la crianza. También han ganado espacio garnachas de zonas frescas y perfiles más vinculados al paisaje y a la singularidad de cada viñedo.
Ese cambio también se percibe en vinos como
La Loma, de Miguel Merino. Aquí no parece haber voluntad de ruptura ni necesidad de construir un discurso nuevo a cualquier precio. Hay otra cosa: precisión, equilibrio y una interpretación mucho más afinada de la crianza y de la fruta. El viñedo, situado en una ladera donde confluyen suelos arcillosos y calizos de distintas procedencias, da lugar a un vino fragante y sutil, con una textura afinada casi al milímetro y una elegancia que encaja perfectamente en esa Rioja que hoy busca más detalle y menos exceso.
Proyectos como los de
José Gil parten de una escala casi de parcela y de una lectura muy precisa del paisaje. En vinos como
El Bardallo, elaborado a partir de viñas de entre 40 y 80 años situadas en San Vicente de la Sonsierra, aparecen suelos limosos con abundante piedra calcárea y una combinación de tempranillo y viura que se aleja de perfiles más estandarizados. La crianza en bocoyes usados de 500 litros y el uso muy contenido del raspón refuerzan una sensación de equilibrio y transparencia donde el paisaje parece pesar tanto como la propia elaboración.
Una sensibilidad parecida aparece en
Bodegas Arizcuren. Monte Gatún recupera una Rioja de montaña que durante años quedó bastante alejada del relato principal de la denominación. Aquí la sensación no es tanto de volumen como de paisaje, de viñas difíciles, altitud y una expresión menos homogénea del territorio. Hay una lectura muy clara del viñedo y de sus limitaciones, pero también una voluntad de recuperar otra identidad para determinadas zonas históricas de Rioja.
Y luego están elaboradores como
Oxer Bastegieta, que llevan Rioja hacia registros más abiertos y menos previsibles. En
Ahari conviven tradición, libertad creativa y una interpretación muy personal del viñedo. Elaborado a partir de tempranillo y graciano procedentes de parcelas de bajo rendimiento sobre suelos arcillo-calcáreos, el vino fermenta con levaduras indígenas y se cría en barricas usadas de roble francés para preservar la identidad de la fruta y del paisaje. El resultado es un Rioja con textura, energía y profundidad, alejado de estilos más marcados por la extracción o por el protagonismo de la madera.
Lo más interesante es que muchas de estas miradas
no nacen contra la Rioja clásica. Buena parte de los elaboradores que hoy trabajan con más foco en origen, singularidad o identidad varietal han crecido admirando grandes Riojas tradicionales. Conocen perfectamente el papel que las grandes casas han tenido en la construcción del prestigio de la denominación. Lo que está cambiando no es tanto el respeto por la historia como la necesidad de incorporar nuevos matices y nuevas interpretaciones del territorio.
Quizá por eso Rioja vive hoy uno de los momentos más interesantes de su historia reciente. Porque bajo una misma denominación conviven estructuras muy distintas, sensibilidades diferentes y formas diversas de interpretar el paisaje, el viñedo y el vino.
Rioja sigue hablando de tiempo, de crianza y de historia. Pero hoy también empieza a hablar, cada vez más, de paisaje, de origen y de la singularidad de cada viñedo.